El circo chileno entra en la historia: una tradición familiar reconocida como patrimonio vivo por la UNESCO

La inscripción del Circo de Tradición Familiar chileno en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la UNESCO reconoce una práctica viva, transmitida por generaciones, y abre nuevos desafíos en torno a su salvaguardia, sostenibilidad y vínculo con los territorios.

El reciente reconocimiento del Circo de Tradición Familiar en Chile como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO marca un antes y un después para las artes escénicas en Chile. Este hito consagra una práctica artística con casi dos siglos de historia y visibiliza una forma de vida transmitida de generación en generación, profundamente arraigada en la memoria, el oficio y la comunidad.

Se trata de un reconocimiento impulsado desde las propias familias circenses, que pone en valor al circo como patrimonio vivo y expresión cultural esencial del país, proyectándolo hacia nuevos desafíos en materia de salvaguardia, sostenibilidad y relación con los territorios.

En esta nota recogemos las miradas de Luna Meza, antropóloga social y Encargada Regional de Patrimonio Cultural Inmaterial del Servicio Nacional del Patrimonio Cultural en Valparaíso, y de Julio Lobos, productor, gestor cultural y director de Fundación Circomuseo Valparaíso y Casacirco Casablanca; además ambos forman parte del Comité Gestor de Patrimonio de Valparaíso Creativo. Desde enfoques complementarios —institucional y territorial— reflexionan sobre el impacto de este reconocimiento y las proyecciones del circo tradicional chileno en el escenario cultural actual.

Las comunidades como base del patrimonio vivo

Luna Meza, antropóloga social y Encargada Regional de Patrimonio Cultural Inmaterial del Servicio Nacional del Patrimonio Cultural en Valparaíso.

– Desde el enfoque del Patrimonio Cultural Inmaterial, ¿qué significa para Chile que el Circo de Tradición Familiar haya sido inscrito en la Lista Representativa de la UNESCO?

“La inscripción en esta lista da cuenta, en primer lugar, de la vitalidad que tiene la tradición del circo de tradición familiar en Chile, así como de su capacidad de autogestión y de articulación con diversas actorías. También refleja el compromiso del Estado de Chile por vincularse activamente con esta tradición y por generar acciones intersectoriales que van más allá del ámbito exclusivo de la institucionalidad pública.

Este reconocimiento, además, es fundamentalmente un reconocimiento a las propias comunidades circenses, que han sostenido durante casi 200 años los conocimientos, prácticas, saberes y oficios que forman parte de esta tradición. Sin ellas, nada de esto sería posible.”

– Este reconocimiento es resultado de un proceso impulsado por las propias comunidades circenses desde 2017. ¿Por qué es tan relevante que sean las comunidades las protagonistas de estos procesos patrimoniales?

“Porque sin las comunidades es imposible que cualquier tradición se mantenga en el tiempo, independientemente de los recursos que se inviertan o de las instituciones que se involucren. Para que una tradición pueda salvaguardarse y mantenerse viva, es fundamental que sus propios cultores y cultoras sean los protagonistas del proceso.

En este caso, el proceso comienza en 2017, cuando gestores, gestoras, líderes y lideresas del propio mundo circense se acercan al Estado para solicitar un reconocimiento oficial. Ese primer paso deriva luego en el ingreso al Registro de Patrimonio Cultural Inmaterial, respaldado por una investigación diagnóstica y participativa realizada en 2020, en pleno contexto de pandemia.

Posteriormente, la tradición ingresa al Inventario de Patrimonio Cultural Inmaterial, un requisito indispensable para cualquier postulación a las listas de la UNESCO. Desde 2022 en adelante, se trabaja directamente en la formulación de la solicitud internacional. A lo largo de todas estas etapas, la comunidad ha participado activamente, articulándose a través de asociaciones, sindicatos, clubes deportivos y también mediante modalidades de participación online. Esto da cuenta de una gran cohesión interna dentro de una tradición compuesta por más de 140 circos distribuidos en todo el territorio nacional.”

– Este camino incluyó más de 650 cartas de apoyo y una amplia participación territorial. ¿Qué aprendizajes deja esta experiencia para otros oficios y expresiones culturales?

“Uno de los principales aprendizajes es que gran parte del éxito de esta postulación responde justamente a la cohesión interna de la comunidad circense. Se trata de una de las tradiciones con mayor cantidad de cultores en el país y con una dispersión territorial muy amplia, lo que podría haber sido una gran dificultad en términos de comunicación y coordinación. Sin embargo, la gente del circo está profundamente conectada entre sí. A pesar de las diferencias de opinión que pueden existir —como en cualquier comunidad—, cuando se fijaron un objetivo común, esas diferencias quedaron en segundo plano.

Hubo una decisión colectiva de trabajar de manera mancomunada para alcanzar un propósito que inicialmente parecía muy lejano y que hoy es una realidad: el circo de tradición familiar es Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.”

– Mirando hacia adelante, ¿qué desafíos se abren ahora en términos de políticas públicas, salvaguardia y transmisión intergeneracional del circo tradicional en Chile?

“Uno de los principales desafíos es profundizar el reconocimiento del circo desde su dimensión patrimonial inmaterial. Durante muchos años hemos mirado al circo principalmente desde su valor artístico o como aporte cultural, pero hoy se abre la posibilidad de reconocerlo también como un modo de vida, sustentado en saberes, oficios y prácticas transmitidas de generación en generación.

Esto implica visibilizar la multiplicidad de conocimientos que conviven en el mundo del circo, la itinerancia como rasgo fundamental y los distintos roles que una misma persona puede asumir a lo largo de su vida dentro de esta tradición.

Otro desafío clave tiene que ver con la documentación, el archivo y la difusión de la memoria histórica del circo en Chile, desde su llegada al país en 1827, cuando Nathaniel Bogardus arribó al puerto de Valparaíso con espectáculos ecuestres que luego evolucionaron hacia el circo de tradición familiar que conocemos hoy. Existe un enorme material que puede y debe ser rescatado para las generaciones actuales y futuras.

Finalmente, está el desafío de la gestión intersectorial. Es fundamental que gobiernos regionales, municipalidades y otros actores se involucren activamente en facilitar espacios, permisos y condiciones adecuadas para que el circo pueda seguir desarrollándose. A medida que las ciudades crecen y se densifican, los espacios disponibles para el circo son cada vez menos, por lo que se vuelve urgente protegerlos y garantizar que estén al alcance de estas comunidades.

Cabe destacar que este reconocimiento es especialmente significativo para Chile: actualmente el país cuenta con solo cuatro manifestaciones inscritas en listas internacionales de la UNESCO, y en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad este es apenas el segundo reconocimiento, después de los Bailes Chinos. Durante la sesión del Comité Intergubernamental realizada en diciembre en Nueva Delhi, uno de los aspectos más valorados fue precisamente la activa participación de las comunidades, un principio central de la Convención para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial.”

El circo desde el territorio y la experiencia de las familias

Julio Lobos. Productor, gestor cultural, director de Fundación Circomuseo Valparaíso y Casacirco Casablanca.

– Desde tu experiencia como gestor y trabajador del circo, ¿cómo se vive este reconocimiento de la UNESCO al interior de las familias circenses y del ecosistema cultural ligado al circo?

“La recibimos como una muy buena noticia, porque va directamente en la línea de los objetivos que tenemos como organización desde el Circomuseo: poner en valor el circo tradicional chileno. Más allá de la posibilidad de acceder o no a fondos —que no es lo que esperamos—, este reconocimiento es clave para la puesta en valor del circo.

Es un mérito para el circo nacional y una herramienta concreta para avanzar en su salvaguardia. Si bien a los chilenos les gusta el circo y asisten a él, muchas veces no ha sido valorado como corresponde. Este reconocimiento llega a fortalecer esa valoración y también es muy significativo para las familias circenses, que históricamente se han sentido poco reconocidas, casi como el ‘hermano pobre’ de las artes escénicas.

Hoy las familias están contentas, lo están compartiendo en sus redes, y esperamos que este reconocimiento también se traduzca en un mayor apoyo de las autoridades, especialmente de los municipios, facilitando permisos, acceso a terrenos y condiciones dignas para que el circo pueda instalarse y trabajar en las ciudades.”

– ¿Cuáles dirías que son hoy las principales brechas que enfrentan las y los trabajadores del circo para desarrollar su arte?

“La principal brecha sigue siendo el acceso a los terrenos. Existe mucha dificultad para acceder tanto a terrenos particulares como estatales o municipales, ya sea por costos o por la falta de permisos. Esto es algo que idealmente podría superarse hoy, considerando que ya existe una ley del circo, un reconocimiento nacional como patrimonio desde 2022 y ahora este reconocimiento internacional de la UNESCO.

Sería fundamental que se faciliten los permisos para trabajar en las ciudades: permisos para instalarse, para difundir, para ocupar espacios públicos de manera ordenada. El circo genera una economía local importante donde se instala, por lo tanto, permitir su funcionamiento no solo beneficia a las familias circenses, sino también a los territorios.

En Valparaíso, por ejemplo, estamos desarrollando un espacio en el Parque Barón. Sería muy positivo que ese lugar considere al circo tradicional, con las condiciones necesarias para su instalación, considerando que es una actividad popular, transversal y profundamente comunitaria.”

– ¿Cuáles fueron, a tu juicio, los elementos clave para que la UNESCO reconociera al circo de tradición familiar como patrimonio cultural inmaterial?

“Lo primero es entender que hablamos del circo de tradición familiar, una práctica con casi 200 años de historia en el territorio nacional. Es un circo donde todo se aprende en familia, mediante transmisión oral y generacional: de abuelos a padres, de padres a hijos.

No se reconoce solo el acto escénico, sino toda una cultura. En Chile hay entre 5.000 y 6.000 personas que trabajan en torno al circo, cerca de 140 circos activos dependiendo de la temporada, y una forma de vida trashumante muy particular. Hoy existen octavas y hasta décimas generaciones de familias circenses.

Además, el circo tiene rituales, romerías, festivales, un lenguaje propio y una vida comunitaria que lo convierte en una expresión cultural integral. Todo eso es lo que se reconoce como patrimonio vivo, y por eso su incorporación a la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.”

– ¿Cómo ves la transmisión de esta tradición hacia las nuevas generaciones? ¿Está asegurado el futuro del circo?

“La tradición sigue muy viva. Está profundamente arraigada en las familias circenses. Los niños de circo son los más motivados. De hecho, durante la pandemia, aunque se suspendieron los espectáculos, hubo mucho entrenamiento y ensayo.

Hoy vemos a jóvenes de familias circenses trabajando en grandes escenarios internacionales: algunos en el Big Apple Circus de Nueva York, otros en circos en Europa, especialmente en Alemania. Son las nuevas generaciones las que están liderando estos espacios, y eso asegura el futuro artístico del circo.

Mi mayor preocupación no está tanto en la transmisión del oficio, sino en la audiencia. Es fundamental que el público nacional siga asistiendo al circo, pagando su entrada, valorando el espectáculo en vivo. El circo es uno de los pocos espectáculos donde el riesgo es real, donde el artista pone su cuerpo y su vida al servicio del arte. Eso no lo reemplaza ninguna tecnología.”

– Pensando en la sostenibilidad del circo en Chile, ¿cuáles son los principales desafíos a futuro?

“El principal desafío es el trabajo con las audiencias. Desde el Circomuseo realizamos exposiciones, charlas y talleres en colegios, universidades y centros culturales, difundiendo la historia del circo desde una mirada local y territorial, especialmente desde Valparaíso, que es cuna del circo chileno.

El primer circo que llegó a Chile se instaló en la Plaza Victoria, y el primer circo chileno, el de los hermanos Pacheco, se fundó también en Valparaíso a fines del siglo XIX. Esa historia necesita ser conocida y valorada.

Hoy solo existen tres espacios en Chile dedicados a la puesta en valor del circo: dos en Santiago y uno en la Región de Valparaíso. Necesitamos más difusión, más formación de públicos y también abordar el modelo de negocio. El circo se sostiene principalmente por la venta de entradas, además de los souvenirs y la dulcería.

Regalar entradas puede parecer una solución inmediata, pero a largo plazo perjudica al ecosistema, especialmente a los circos más pequeños. Es fundamental educar a la audiencia en el valor del espectáculo, en pagar una entrada justa, para que el circo pueda sostenerse en el tiempo.”

– Para cerrar, ¿qué mensaje te gustaría dejar en este nuevo escenario que abre el reconocimiento de la UNESCO?

“Estamos en temporada de verano y de festivales. Invito a las personas a ir al circo, a verlo como una actividad familiar, sana y valiosa. Después de una pandemia que detuvo los espectáculos en vivo, hoy tenemos la oportunidad de reencontrarnos con el circo, apoyar a las familias circenses y valorar un arte que forma parte profunda de nuestra historia cultural.”

*Entrevista realizada por Susana Barrientos, periodista de Valparaíso Creativo.

Comparte esta publicación

Artículos relacionados