Magdalena Dardel es de Valparaíso, pero vive actualmente en Casablanca. Es Doctora en Historia del Arte y el año pasado publicó “Murales no albergados”, un libro que propone una reflexión entorno a la pintura y sus soportes, el espacio y la vinculación con la comunidad, entre otras temáticas.

Ella lleva 10 años trabajando en torno a ésto, que hoy está en boga tras el aniversario número 30 de la inauguración del Museo a Cielo Abierto de Valparaíso el 2022, y a la vez hitos relacionados a su fundador, Francisco Méndez, que reavivaron la discusión en torno a este proyecto que se ha ido deteriorando con el tiempo.

¿Qué es lo que quieres visibilizar con tu trabajo en torno al Museo a Cielo Abierto? 

-El tema del libro surge a partir de un proyecto chico que hizo la PUCV en un momento, donde querían restaurar los murales postulando a un Fondart que no salió, pero me dio un primer acercamiento al tema y a darme cuenta de la complejidad del proyecto. Creo que es algo que no se reconoce mucho, el Museo a Cielo abierto, donde participan artistas súper importantes. Es colaborativo y pedagógico y se da en el espacio público, conceptos que hoy se valoran más que en esa época. En 1991, 1992 todo estaba pensado más desde la experimentación artística e igual desde un terreno tradicional, se insertaba dentro de ejercicios muralistas que ya habían sido establecidos en el arte en Chile.

Veníamos con el legado de Matta, de Nemesio Antúnez, de las Brigadas, y del taller de murales del mismo Francisco Méndez, fundador del Museo. Hoy podemos leer este ejercicio bajo conceptos más contemporáneos, como la participación, la intervención del espacio público, la pérdida del concepto de autoría, la invitación a artistas, vecinos, profesores, cada cual con su rol pero en un ejercicio colaborativo que se apropia del espacio público. Es, como decía, más pedagógico, una práctica que se puede leer desde la colaboración también, por lo que tiene una lectura más contemporánea.

¿Cuáles de estos conceptos contemporáneos ves en este ejercicio?

-Yo creo que el foco es la colaboración y pedagogía que he reiterado. Quizás es una utopía restaurarlos, ya que es un ejercicio muy complejo desde el punto de vista de instalar una propuesta de trabajo permanente entre la comunidad e institucionalidad. Eso debe ir con un montón de acciones que se ven improbables hoy en día, ya que el Museo carece de ello. Al menos desde mi punto de vista. En cambio, rescatar el proyecto pedagógico y que este inspire otras propuestas es mucho más viable, ya que está en línea con la educación hoy en día, por ejemplo. Siento que tiene una lectura más vigente que solo el mural. 

El mural es el registro de un ejercicio, es algo casi performático. Hay algunas obras cuya naturaleza es desaparecer. Entonces cuando hablamos de restauración es un tema mucho más complejo, que tiene que ver con los autores, entre otras cosas. Por ejemplo, la relación con la comunidad de estos murales que puede trascender. 

¿Qué crees que es lo más importante a transmitir en la comunidad?

-Yo creo que hay dos cosas: por una parte, hay que comprender el valor de los murales e instalarlos desde esa información. Hay datos que no se visibilizan sobre el Museo a Cielo Abierto, como la cantidad de Premios Nacionales que son parte del ejercicio. Por otra parte, hay mucha gente que cree que el Museo a Cielo Abierto es todo lo que hay en ese sector, entonces a veces falta poner el límite entre otras prácticas muralistas y las obras resultantes del Museo. Finalmente, no se pone en valor al mismo, por lo que nos falta divulgación que nos permita conocer esta información de la autoría de cada mural. Esto por ejemplo pretendo yo a través del libro «Murales no albergados».

También quiero despertar un debate a través de cómo levantar una institucionalidad o participación de entidades que se involucren con el Museo a Cielo Abierto. Esas son algunas de mis intenciones. Lo que sí, yo no me puedo hacer cargo de los murales, con mi libro quiero sumar a la divulgación y visibilización del Museo y ese es mi rol como historiadora. 

Igual es un tema sensible ya que el arte tiene relación con las sensibilidades, y con el cotidiano de los vecinos y vecinas.

Creo que hay miles de instancias que podrían abogar por el Museo a Cielo Abierto, públicos y privados. Antes de avanzar sí se requieren inversiones para poder trabajar en torno a ello. Parte de asumir la seriedad de este proyecto es comprender esto.

Cuéntame un poco más sobre el concepto de lo “no albergado” que tratas en tu libro.

-Mira, éste tiene varias lecturas. Inicialmente surge a partir de un concepto del mismo artista Francisco Méndez que es el de “pintura no albergada”, que es la pintura que no está sujeta a la superficie bidimensional, algo que él elabora desde su noción de arquitecto. Esto abre un campo de experimentación, como volantines u otros, interacción de color con el espacio que resulta en pinturas que interactúan con su entorno. Consiste en pinturas que interactúan con este entorno. Y en esta idea están los murales como soporte. 

Esta fue una constante en la vida de Francisco Méndez, la experimentación de los soportes, donde hay diversos ejercicios de lo no albergado hasta llegar al Museo a Cielo Abierto y luego con la pintura digital, que comienza a probar en 1994. Con esta idea de “no albergado” hice el libro. 

Por otra parte, tiene una lectura que se relaciona con su falta de institucionalidad, murales sin nadie que los cobije, guarde, no tienen un lugar. Pero, a la vez, la pintura mural no tiene lugar. 

Finalmente, es un concepto muy flexible, pero que ha establecido un precedente para lo que entendemos como Museo a Cielo Abierto. El de Valparaíso es el primero en Chile, el que instala ese proyecto, y hoy Valparaíso es referente del arte urbano en el país. No se hace cargo de sí mismo, pero a la vez genera otros museos a cielo abierto.

La ciudad, de este modo, se vuelve una gran galería…

-También hay que recordar que los artistas “ofrecen” la obra a la ciudadanía, es un regalo, pero en un sentido poético. Donde falta un trabajo profundo para que la comunidad lo interprete como tal, entonces nos quedamos en una lectura más superficial de la que tiene. Hay muchas dimensiones por explorar.

Me llama la atención este debate sobre cómo acercar la cultura a la gente. Este es un ejemplo de que aún “democratizar” la cultura no necesariamente tendrá el efecto que esperamos en las comunidades…

-Sí, es que yo creo que ahí fallan varias cosas. En el sentido del Museo, puede ser que solo se hizo desde lo artístico y faltaron muchos puntos, hoy tendríamos un equipo interdisciplinario en tal proyecto. En el contexto que nació el Museo, post dictadura, el hacer un proyecto así fue muy significativo. Por eso hoy tiene otra interpretación, pues es un ejercicio contextual. Habría que generar todo un nuevo trabajo para revisarlo. Por otra parte, la ciudad cambió mucho y su escenario también, así que no se le puede exigir a este proyecto artístico todos los cometidos.

¿Cómo observas tú que el Museo impacta en la identidad del cerro que lo contiene, por ejemplo?

-Impacta desde lo turístico primeramente, pero también genera identidad. Dentro de su misión incluso tiene algo muy rico que es, que el vecino es dueño del muro, pero no del mural, generando contrastes. Creo que ahí hay algo más interesante, en especial en aquellos vecinos y vecinas que recuerdan la intervención en sus años. 

Por otro lado se genera el problema de la falta de regulación en torno a los murales o tags que se generan junto a estos murales del Museo, ya que genera un impacto sobre su visualidad. Es difícil en este sentido generar un equilibrio, ya que tampoco hay una regulación como la de sitios patrimoniales que permita cuidar, por ejemplo, la pintura con la que decoran sus casas los vecinos y que no interfiera con las obras.

Tiene algo negativo y algo positivo, en ese sentido, el de la habitabilidad. Es algo además muy beneficioso para un niño o niña, pero para un adulto puede ser un sobre estímulo visual vivir en este entorno. Tiene dos caras. La misma pintura abstracta requiere una predisposición para leerla, distinguirla, ya que hemos sido educados en la figuración. No digo que sea algo exclusivo. 

El libro, Murales no Albergados, es tu tesis doctoral, ¿es así?

-Sí, es una síntesis de ella, quitándole academicismos. La editorial es Metales Pesados y ellos me ayudaron en esto, aplicando en especial los conceptos de curaduría, la obra de Francisco Méndez y el espacio público.

Fue difícil enfrentarme a este proceso, ya que además entre medio fui madre, por lo que pasó de todo entre medio de que nacía y crecía mi primera hija. Eso hice que lo postergara un poco, hasta que el 2019 lo postulé a Fondart y ahí el 2020 comencé el trabajo de edición y revisión. 

Creo que finalmente, el libro habla más sobre posibilidades y futuro que del pasado, para que nos pongamos a nivel de sociedad a hablar de estos temas. Que este libro sea uno de los muchos aportes que nos hacen discutir sobre la ciudad y sus desafíos. Hay problemáticas que la estética, la historia aún no han asumido algunos de las problemáticas en torno al ejercicio del muralismo, y Chile es un país súper muralista, entonces falta que se profundice como tema de interés o estudio. 

Está pendiente aún cómo pensamos los murales.

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